Hoy toca hablar de un día normal en Zaragoza, más o menos como suelen ser.
Mañana, café, a por el día
El despertador suena entre las 7:30 y las 8:00. Lavarse los dientes, ducharse, y luego lo más importante: encender la pequeña cafetera. Termo en mano y mochila al hombro, salgo a la calle.
La parada del tranvía de Casablanca está justo delante del hotel de estudiantes. Se pasa la tarjeta por el lector, unos 0,50 euros por trayecto. El tranvía suele ir bastante lleno, así que voy de pie.
Algo que me ha llamado la atención: si alguien parece mayor o claramente le costaría mantenerse de pie, le ceden el asiento casi de inmediato. Sin aspavientos, como algo completamente natural. Lo de subir y bajar, en cambio, funciona con otra lógica. En Alemania existe esa norma no escrita de dejar salir antes de entrar. En Zaragoza, sencillamente no existe. Cuando uno intenta bajar, tiene que abrirse paso entre la gente que sube, nadie se aparta, y nadie parece encontrarlo extraño.
En la oficina
Al llegar al co-working, tengo que llamar al timbre. Sin llave ni tarjeta, o me abre recepción, o paso por Mundus, el local de al lado, y me dejan entrar desde allí. Luego saludo a los compañeros, ahora mismo hay gente de Polonia. Monto el equipo. Y después: cabeza abajo, tres o cuatro horas de trabajo concentrado.

Pausa para comer
En algún momento aparece el hambre. Cerca hay bastantes opciones que he ido probando estas semanas: PrimMax, que se parece mucho a una DM, un EROSKI, el equivalente español del Penny o el Lidl,, el Café Le Petit Croissant, una hamburguesería a la vuelta de la esquina y un bar de tapas justo al lado.
Lo más habitual es que me compre un bocadillo con un yogur o algo dulce. Calentar comida en la oficina no es una opción. El pan de aquí no tiene nada que ver con el de Alemania, pero hay un pan de molde blanco que comía mucho de pequeño. Cada vez que lo compro, me invade por un momento una ligera nostalgia.
La tarde y el camino a casa
Después de comer, el trabajo sigue hasta que termina la jornada. A veces aprovecho para hacer algún recado, pero hoy vuelvo directamente al hotel.
Al principio, después del trabajo solía pasarme por el centro, explorar rincones, ver cosas. Eso ha cambiado. No conozco la ciudad en profundidad, pero para lo que suelo hacer, ya he visto bastante. Ahora reservo las escapadas para el fin de semana.
Las noches en el hotel
De vuelta en el hotel de estudiantes, casi siempre toca hacer algo de deporte. O el gimnasio del hotel o salir a correr, un hábito que he descubierto aquí por primera vez. He encontrado una ruta donde puedo hacer unos kilómetros sin preocuparme por el tráfico ni perderme. En algunos tramos tiene hasta buenas vistas.
Con la cocina me las apaño con lo básico. La cocinita es un poco pequeña para preparar algo elaborado, normalmente caliento algo o hago una fritura rápida. Según el humor, la noche termina en la sala de actividades jugando al futbolín, en la sala de cine o en la sala de estudio trabajando en algún proyecto personal. De vez en cuando me acerco a la máquina de snacks del salón.
Noche de cine
Esta noche había quedado para ir al cine. El miércoles ha resultado ser un buen día para eso, la sala estaba casi vacía y las entradas cuestan solo 5,70 euros. Con eso, cuesta poco justificarse también unas palomitas.

El Anillo Verde de Zaragoza es mi ruta habitual para correr. Parte del camino fue en su día una vía de tren, reconvertida después para peatones y ciclistas. En el cine vimos Project Hail Mary. Si te gusta la ciencia ficción y estás dispuesto a dejarte llevar un poco: 8 de 10 estrellas. Muy buena.
Lo demás
Por la noche llamo a mi novia y leo un rato. Acabo de terminar el último libro de Harry Potter, para la lectura nocturna quería algo parecido: aventura, un poco de fantasía. Así que me compré Percy Jackson – El ladrón del rayo. Todavía no me ha enganchado del todo, pero le voy a dar un poco más de tiempo.
En algún momento los ojos se rinden. El libro aterriza en la mesilla y el día se acaba. Mañana empieza el mismo ritmo otra vez.
